La preparación para el matrimonio en línea (Online Pre-Cana) y las orientaciones recientes de la Iglesia
Abstract
El presente artículo reflexiona sobre la pertinencia de la preparación matrimonial ofrecida en modalidad en línea, una práctica creciente en varios países. Partiendo del valor de la tecnología para la evangelización, el autor analiza sus límites frente a la naturaleza encarnada y comunitaria de la fe cristiana. A la luz del documento Itinerarios Catecumenales para la Vida Matrimonial (Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, 2022) y de la exhortación Amoris Laetitia del Papa Francisco, se destacan los elementos insustituibles del acompañamiento cercano, la dimensión parroquial y la vida comunitaria en el proceso de preparación. Finalmente, se propone el uso prudente de recursos en línea como complemento, nunca sustituto, de la etapa próxima de preparación matrimonial, evitando la lógica de mercado religioso y favoreciendo la inserción real de las parejas en su comunidad de fe.
Recibo con frecuencia preguntas acerca de si sería adecuado que las parroquias, así como los movimientos “de familia”, ofrezcan la preparación para el matrimonio en modalidad en línea. De ese modo, las parejas podrían elegir libremente entre diferentes programas con algún tipo de certificación, de manera semejante a la elección de un curso universitario. En Brasil ya existen noticias de algunos programas en este formato, mientras que en diversos países, especialmente en Estados Unidos, se trata de una práctica bastante difundida. Surge entonces la pregunta: ¿vale la pena invertir en su expansión?
Para comprender adecuadamente mi respuesta, es necesario antes exponer los fundamentos que me han llevado a formarla.
Comienzo destacando el valor de la tecnología para la evangelización, una realidad innegable. En 2002, con ocasión de la 36ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, San Juan Pablo II afirmó que Internet es el “nuevo foro para la proclamación del Evangelio”. Son innumerables las posibilidades de evangelización: desde la difusión de la homilía diaria hasta la transmisión en tiempo real de las celebraciones papales, pasando por las redes sociales, grupos de WhatsApp, cursos en línea, entre otros. Seguramente el lector recordará en este momento algunas de estas experiencias. Hoy existen grandes apostolados fructíferos y exclusivamente digitales.
Tal vez el propio lector haya llegado a la fe católica gracias a un contenido en línea. El primer punto, entonces, es que Internet constituye una gran herramienta para el crecimiento y la formación en la Iglesia.
Sin embargo, aun siendo valiosa, la red no resuelve todo. No es posible vivir plenamente la fe solo a través de pantallas. No existe una “Iglesia en línea” suficiente por sí misma. La fe cristiana es encarnada (cf. Jn 1,14). Las herramientas digitales pueden auxiliar, pero nunca sustituyen la presencia física, la convivencia comunitaria y la experiencia concreta de la vida parroquial.
El documento reciente Hacia una plena presencia – Reflexión pastoral sobre la participación en las redes sociales (Dicasterio para la Comunicación, 2023) advierte en esta dirección:
“Es importante apreciar el mundo digital y reconocerlo como parte de nuestra vida. Sin embargo, la vida y el viaje humanos se construyen en la complementariedad entre las experiencias físicas y las digitales.” (n. 17). “No hay comunicación sin la verdad de un encuentro. Comunicar es establecer relaciones, es “estar con” (n. 45).
Los movimientos de pastoral familiar más fecundos se sostienen en encuentros presenciales de grupos o células. Aunque promuevan también formación en línea, nunca renuncian a las reuniones en pequeños grupos donde se forja la fraternidad. Además del momento formativo, el simple compartir de un café acerca los corazones. El mismo documento subraya la importancia de tales espacios:
“No se puede compartir una comida a través de la pantalla.35 Todos nuestros sentidos están activos cuando compartimos una comida: el gusto y el olfato, las miradas atentas a los rostros de los comensales mientras se escucha la conversación que se crea en la mesa.” (n. 61).
Avanzando un poco más, vamos al caso específico de la preparación para el matrimonio. La unión de dos personas en una sola carne es una realidad que manifiesta la unión de Cristo con la Iglesia, y esa manifestación es siempre corporal, real y comunitaria. La dimensión comunitaria de la preparación no es solo una estrategia pastoral, sino una dimensión teológica. Así, como todos los sacramentos se celebran en la comunidad, la preparación para el sacramento del matrimonio no tiene sentido separada de la vida parroquial.
Recientemente, en 2022, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida publicó los Itinerarios Catecumenales para la Vida Matrimonial (ICVM), contemplando todas las etapas de la preparación. Parten del primer despertar en el seno de la familia, pasando por actividades formativas para los individuos y posteriormente para las parejas que caminan hacia el matrimonio. A estas parejas se les ofrece un acompañamiento cercano con formación, apoyo en la atracción por la vida eclesial, que no termina en el altar, sino que continúa en los primeros años de la vida matrimonial.
Para no alargar más el texto, me limito a comentar sobre la Etapa Próxima en la Fase Catecumenal, que es la fase del “discernimiento” de la pareja:
“El objetivo específico de esta etapa es finalizar el discernimiento de cada pareja sobre su vocación matrimonial. Esto puede llevar a la decisión libre, responsable y meditada de contraer matrimonio, o puede llevar a la decisión igualmente libre y meditada de terminar la relación y no casarse” (ICVM 55).
Para ello, en esta etapa la pareja debe revisar (o conocer) la doctrina de los sacramentos, el sacramento del matrimonio con las implicaciones y compromisos propios de la relación interpersonal, el significado de la sexualidad, el concepto “correcto” de paternidad-maternidad responsable, la educación de los hijos, etc. Estos temas son mencionados nominalmente como currículo mínimo en el ICVM con un destacado énfasis en las cuestiones de la castidad. Vale la pena leer y reflexionar.
Pero mi interés aquí es mostrar que existe un currículo mínimo que debe cumplirse y esto podría llevarse a cabo de diversas formas, por ejemplo, mediante cursos presenciales u on-line (incluso clases grabadas) con profesores especialistas. Sin embargo, la orientación de la Santa Sede no se detiene ahí: nos dice también que esta etapa (como las otras) necesita contar con “los matrimonios acompañantes, en las parroquias y en los movimientos familiares” (ICVM 8).
La expresión “matrimonios acompañantes” me lleva a la reflexión de que el verbo acompañar es la tónica de la Iglesia respecto al apostolado con las familias. Cuando se publicó Amoris Laetitia, esto ya me llamó la atención y, como alguien (también) de las ciencias exactas, los números me dicen mucho. Rápidamente investigué y, en la exhortación, el verbo acompañar y sus conjugaciones y sustantivaciones, como acompañamiento, aparecen 64 veces. Además del “querigma”, especialmente en el ámbito familiar en la realidad parroquial, es necesario estar junto, es necesario acompañar.
Valiéndome de lenguaje metafórico, creo que es necesario reducir el uso del smartphone y del micrófono de la sala de conferencias, para gastar más suela de zapato y más tiempo en el café. Pero esto sin perjuicio de la adecuada formación doctrinal que es luz para las familias. Mi metáfora se refiere al método y no al contenido.
Hice la misma búsqueda en el ICVM y vemos que este documento presenta 89 apariciones del verbo acompañar y sus derivados. El foco de los itinerarios catecumenales para la vida matrimonial también está en el acompañamiento.
Por ejemplo, es claro al afirmar que:
“Las experiencias “personalizadas” en subgrupos deben reforzarse para trabajar, escuchar y preparar – si es necesario también con cada pareja por separado – para que las parejas sean seguidas de cerca por los matrimonios acompañantes, que pueden contribuir a crear un clima de amistad y confianza. Usar la casa también sirve para que se sientan acogidos y a gusto.”(ICVM 20)
Como fruto del acompañamiento, puede alcanzarse otro objetivo de la etapa próxima en el ICVM que es promover la vida de la fe en comunidad:
“Se ayudará a las parejas a acercarse a la vida eclesial y a participar en ella. Con delicadeza y calor humano, se les invitará a participar en los momentos de oración, en la eucaristía dominical, en la confesión, en los retiros, pero también en los momentos de celebración y convivencia. La propuesta debe aplicarse gradualmente (según la experiencia concreta de las personas), de modo que se ayude a cada pareja a sentirse a gusto en los diversos ámbitos de la vida comunitaria – litúrgicos, caritativos, agregativos – sin coacciones ni forzamientos, sino, por el contrario, sintiéndose objeto de una misericordia “inmerecida, incondicional y gratuita”[ por haber recibido la llamada y el don de formar parte de la gran familia de los discípulos de Cristo.” (ICVM 50)
Y para reforzar aún más esta dimensión, más adelante el ICVM, refiriéndose específicamente a la etapa próxima, deja claro que:
“Durante este tiempo de formación e iniciación, es necesario que la transmisión de contenidos teóricos vaya acompañada de la propuesta de un camino espiritual que incluya experiencias de oración (personal, comunitaria y de pareja), celebración de los sacramentos, retiros espirituales, momentos de adoración eucarística, experiencias misioneras, actividades caritativas (según los contextos pastorales).” (ICVM 58)
Para que esta dimensión de la preparación próxima sea viable es necesario que exista amistad o, al menos, un buen conocimiento entre los matrimonios acompañantes y los matrimonios acompañados (distinto de profesores y alumnos), lo cual se establece con tiempo y frecuencia de encuentros. Además, el ICVM recomienda que la preparación próxima dure aproximadamente un año. En Amoris Laetitia el Papa Francisco ya comentaba los frutos cuando la comunidad logra acompañar con un buen periodo de anticipación (AL 209).
El ICVM también recomienda los ritos de paso entre las fases, lo cual debería ocurrir en la parroquia y solo tiene sentido si se realiza junto al equipo (los acompañantes) que estuvieron con ellos durante el recorrido. Esto no sería posible si sus instructores en línea estuvieran a kilómetros de distancia.
Además, el vínculo y la amistad con proximidad real y física desarrolladas en la etapa próxima, facilitarán la preparación inmediata y, sobre todo, el acompañamiento “por amigos parroquiales” en los primeros años de la vida matrimonial.
Por tanto, creo que ya es claro para el lector que la etapa próxima no puede limitarse a la instrucción (que es totalmente necesaria), sino que también debe tener la dimensión de vida comunitaria y de iniciación (o reiniciación) a la vida cristiana. Por ello, la parroquia es el lugar insustituible de la preparación matrimonial. No tengo duda de que las dimensiones de vida comunitaria se ven comprometidas con preparaciones únicamente en línea y, por ello, entiendo que se requiere mucha prudencia acerca de la forma de insertarlas en las dinámicas de los itinerarios.
El riesgo de los programas en línea es fomentar una lógica de mercado religioso, en la que los novios eligen un “curso” por diversos motivos en lugar de integrarse en su comunidad concreta de fe.
Entonces, ¿dónde encajan los programas en línea? A la luz de todo lo reflexionado anteriormente, considero que la enseñanza a distancia en vivo o incluso grabada puede, en ciertas circunstancias, ser un medio legítimo, aunque no ideal.
Pero estimo que no debe ser la regla y que sería posible utilizar tal herramienta de forma minoritaria dentro de un programa parroquial para complementar los necesarios encuentros presenciales o, en algunas situaciones excepcionales, discernidas prudentemente por el párroco como, por ejemplo, la intervención de especialistas y el acompañamiento adicional de parejas de matrimonio mixto y de disparidad de culto.
Una de las situaciones excepcionales puede todavía ser cuando la parroquia no ofrece (pero debería ofrecer) la adecuada etapa próxima o cuando la pareja reside lejos del perímetro parroquial y, por ello, puede convenir mezclar reuniones en línea con las presenciales, un modelo híbrido. El hecho es que la etapa próxima no debería ser atendida solo por clases en línea.
La preparación matrimonial no puede reducirse a un curso en línea. La etapa próxima exige presencia, amistad y vida comunitaria; por eso, la parroquia es el lugar insustituible de este camino. Sin embargo, los recursos digitales, usados con prudencia, pueden enriquecer la formación y ofrecer apoyo en situaciones especiales. Lo importante es que toda pareja descubra que no solo se prepara para una boda, sino para una vocación que se vive en la Iglesia y con la Iglesia. La tecnología, bien integrada, puede ser una aliada, siempre que nos conduzca a un encuentro real con Cristo y con la comunidad de fe.
En clases frecuentes, con un pequeño grupo constante de personas de las parroquias, el cumplimiento de los objetivos de la etapa próxima se vuelve más viable. En ellas, la transmisión de los contenidos está integrada en un proceso de crecimiento de la fe y de la fraternidad parroquial. Si los contenidos previstos permiten un adecuado discernimiento, la pertenencia a la comunidad parroquial brinda seguridad a las parejas, no solo para casarse, sino también para vivir plenamente el estado matrimonial.
Una experiencia del autor con la Etapa Próxima
No podemos, sin embargo, esperar ni suponer que todas las parroquias dispongan de expertos, pues ello haría inviable la catequesis matrimonial en la mayoría de las comunidades del mundo. En realidad, incluso en aquellas parroquias donde hay especialistas que brindan apoyo a los equipos, la base sigue siendo “los matrimonios” (ICVM 21), es decir, las parejas de la propia comunidad.
Lo cierto es que todas las parejas en todas las comunidades del mundo necesitan tener al menos un contacto básico con la doctrina y con las cuestiones vivenciales que son fundamentales en el sacramento del matrimonio.
Fue a partir de esta preocupación —la de ofrecer un camino de acompañamiento para las parejas, con amistad y referencia, pero también con el contenido necesario para el conocimiento y el discernimiento— que, hace diez años, se elaboró el libro Matrimonio: Encuentros de Preparación. Con la simple lectura en grupo (o incluso solo con una pareja catequista y una pareja candidata al matrimonio), se presenta la doctrina mínima necesaria sin requerir especialistas.
Hecho para ayudar a nuestra comunidad poner en práctica las orientaciones de la Iglesia, el libro Matrimonio: Encuentros de Preparación, acompañado de su Material de Apoyo (libro del catequista), hace que cualquier parroquia pueda conformar su propio equipo para la etapa próxima, sin necesidad de especialistas. Parejas que viven el matrimonio acompañan a otras parejas, en sus hogares o en las salas de catequesis de la parroquia, para realizar una serie de doce encuentros (semanales o quincenales). Cada encuentro es sencillo y concreto: leer juntos uno de los capítulos del libro y dialogar sobre él; y, durante los días siguientes hasta el próximo encuentro, realizar las tareas propuestas.
² El libro Matrimonio: Encuentros de Preparación se utiliza en más de noventa diócesis de Brasil, con más de 250.000 parejas atendidas, y recientemente también en diversos países de habla española e inglesa.
Pueden realizarse más de los doce encuentros previstos en el libro, ya que también es posible estudiar las lecturas complementarias (especialmente los libros indicados) e incluir otros temas que la parroquia considere importantes, extendiendo así la etapa durante varios meses, en sintonía con las recomendaciones de la Santa Sede. De este modo, el libro constituye un punto de partida para que la pareja catequista identifique los aspectos que necesitan mayor profundización y los aborde con otros materiales complementarios.
El mismo libro y la misma estructura pueden emplearse con las parejas en unión estable (convalidación), ofreciéndoles el mismo proceso de discernimiento. En todos los casos, además de la presentación de la doctrina, se incluyen los demás elementos necesarios para la etapa próxima: la creación de vínculos y amistades que permitan el acompañamiento, así como iniciativas para despertar la fe e integrar a las parejas en la vida parroquial.
André Luís Parreira
Casado y padre de ocho hijos.
Doctor (PhD) en Enseñanza de las Ciencias y Máster en Tecnología Educacional.
Profesor coordinador del Programa de Posgrado en Catequesis Matrimonial en el Centro Universitario Católica de Santa Catarina (Brasil);
Director de Estudio y Enseñanza para Familias en el Instituto Pius;
Miembro asociado de la Federación para la Pastoral Familiar Hispana, EE. UU.;
Autor de diversos libros, entre ellos Matrimonio: Encuentros de Preparación, publicado en tres idiomas y utilizado en decenas de diócesis brasileñas y en varios países.
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